Proyectos

CASA APARTADÓ

ARQUITECTURA

CATEGORÍA RESIDENCIAL

AÑO 2020

APARTADÓ, COLOMBIA

EN CONSTRUCCIÓN

LA CASA DEL VIENTO

 

Si no fuera por la tilde que lleva en la o el nombre de este pueblo, ubicado en Antioquia, sería un sinónimo de lejano. “Qué suerte”, pensamos cada que nuestro oficio de arquitectos nos ha llevado hasta los lugares donde Macondo se imagina mejor. El calor húmedo es denso, el trópico se siente en la piel. El paisaje, atiborrado por hojas de plátano, es verde en su mayoría. Apartadó, Apartadó: cuánto sabes de selva, cuánto das a los ojos de quienes te miramos.

 

Cualquier día conocimos a don Eduardo, podría ser un hombre corriente, pero  mima el campo con esmero, vigila cultivos como si se trataran de cristal frágil. No puede ser un hombre común si contempla a la naturaleza de cerca, si la advierte con el asombro de las veces primeras. A lo lejos lo veíamos, con esa piel a la que no le pasan los años, con sus ojos acaramelados por el sol del medio día, mientras conocíamos los planos de lo que sería su ‘refugio’ por un tiempo: el mismo que se tomaran los plátanos en crecer. Era un lugar, un sitio, un espacio, porque todo lo es; pero no era casa, no era hogar. No fue aquello, tampoco, una zancadilla para nuestro andar, a donde sea que vayamos nuestro manifiesto ronda por ahí: una buena vida es un buen diseño. Había que hacer otros planos, un abrigo de verdad.

 

En todo caso y para no alargar mucho la historia, porque aquí podríamos ¿acudir a la filosofía?, ¿reflexionar sobre tanto y todo?, ¿escaparnos en la utopía de la dignidad colectiva?, diremos lo sustancial. Diseñamos una casa apacible, que abrigara a don Eduardo. No se trata a los lugares como si fueran contenedores, se habitan porque son extensión de lo que somos. Los renders, la tecnología en general, nos ayuda a crear un universo anticipado que fue el que le mostramos a él. Aquí la recompensa, la sensación de levedad, el sentido de esta vida: sus ojos chispeantes, su mueca tímida que también fue sonrisa, su asombro genuino. Todo eso es una bolsa de recuerdos que nos mantiene de pie, que nos esculca por dentro y nos causa alegría. Para eso nos levantamos y transitamos por este mundo, para demostrar que una casa es cualquier cosa, menos cemento y ladrillo adheridos.

 

Hay final feliz en esta historia. La casa, la que va a vigilar los cultivos de plátano, la que va a mirar las estrellas de noche, la que queda lejos de las ciudades con ruido y cerca a la manga crecida, esa casa entrará en fase de construcción. En otras palabras: la casa tiene dueño, su dueño no es común, ni es corriente; su dueño tiene naturaleza dentro. Su dueño se llama Eduardo, pero podría llamarse Viento: aquel que ondea las plantas.